
Si estás leyendo esto, quizás el universo quiso que encontraras este lugar.
No suele llegar mucha gente hasta acá.
De hecho, es posible que seas la primera.
Mientras escribo esto, el mar sigue haciendo lo mismo que ha hecho siempre: avanzar, retroceder, borrar huellas y volver a dibujar otras nuevas. A veces pienso que la vida se parece mucho a eso. Caótica. Impredecible. Llena de corrientes que no controlamos.
Pero también llena de cosas que solemos pasar por alto.
Y por eso quiero contarte un secreto.
Uno muy antiguo.
Dicen que hubo un tiempo en el que las personas no necesitaban que nadie les demostrara que eran especiales. Podían contemplar el cielo sin buscar explicaciones. Podían flotar sin miedo a hundirse.
En aquel entonces, todo parecía conservar el pulso fresco de la creación.
Nada estaba desconectado.
Lo extraordinario estaba en todas partes. Tan cerca, tan evidente, que nadie sentía la necesidad de nombrarlo.
Con el tiempo, algo cambió.
Nos volvimos expertos en medir, comparar, demostrar y convencer.
Aprendimos a mirar el mundo desde afuera.
Y poco a poco olvidamos cómo sentirnos parte de él.
Hasta hoy.
Porque vos estás acá.
Vos, leyendo estas palabras.
Vos, que llegaste hasta el final de un juego de mesa.
Arrecife no intenta decirte quién sos.
No intenta enseñarte una verdad.
No intenta convencerte de nada.
Lo único que hace es dejar espacio.
Espacio para escuchar.
Espacio para observar.
Espacio para descubrir qué ocurre cuando varias personas se encuentran sin máscaras.
Tal vez por eso este juego parece tan vacío.
Porque el verdadero contenido nunca estuvo en las cartas.
Siempre estuvo en las personas.
Si Arrecife logró regalarte aunque sea un instante de esa verdad,
entonces todo este viaje habrá valido la pena.
Gracias por llegar hasta aquí.
Y gracias por escuchar el mar.